Mons. Carlos López, Obispo de Salamanca

El pasado día 19 de marzo, como todos los años, hemos celebrado la festividad de San José, Día del Seminario. Un acontecimiento, siempre importante, pero más todavía en este tiempo, donde parece que las ideas fundamentales de las vocaciones sacerdotales, no son valoradas, ni explicadas con suficiente claridad, de forma que se descubra que se trata de un compromiso de todo cristiano. El ser "médico de almas", no es sólo una profesión, es una vida entregada al servicio de Dios, de la Iglesia y de todo hombre y mujer, que necesite una palabra de aliento, ante un mundo consumista y lleno de necesidades humanas, donde se ignora lo verdaderamente transcendental que es Dios, su amor, perdón y salvación. Nuestro Obispo, D. Carlos ante este día de raices profundas nos invita a una densa reflexión sobre el sacerdocio y su misión evangelizadora. Podemos meditarlas a través del texto que la Revista Comunidad expresa sobre este fin y que subrayamos en un breve fragmento.

J. L. Ullán, S. J.

Para el necesario florecimiento de las vocaciones sacerdotales es imprescindible un intenso cuidado de los procesos de la iniciación cristiana y poner el mayor empeño y medios en el trabajo pastoral con los jóvenes, alentados por los frutos de la Jornada Mundial de la Juventud. Y, en la pastoral vocacional, será preciso intensificar las actuales tareas de pre-seminario, por ejemplo, con los monaguillos; e iniciar el llamado seminario familiar, es decir el acompañamiento vocacional continuo y organizado de adolescentes y jóvenes que siguen viviendo en su familia . Todos estos procesos y tareas pastorales ha de realizarse en un clima de iniciación y cultivo de la oración, sobre el fundamento de la palabra de Dios, conocida, acogida, celebrada y hecha vida. La oración es el ámbito más adecuado, si no el único, para la escucha de la llamada del Señor y para la respuesta decidida y gozosa. Por todo ello, la petición inicial de este escrito adquiere al final esta formulación: "Rogad al dueño de la mies que envíe obreros a su mies"; iniciad en la oración a los que pueden ser enviados y orad con ellos al dueño de la mies.

Mons. Carlos López, Obispo de Salamanca


De una forma muy especial, los jóvenes, necesitan sentir y vivir desde la clave del amor. El amor, nadie lo duda, mueve el mundo y los recovecos más íntimos del ser humano. Una forma, aunque quizás no la única, de sentirse amado y amar, es entregarse a Dios que se nos define como amor (Jn, 15). En el Día del Seminario, nuestro Obispo, D. Carlos, hace una seria reflexión, sobre el desprendimiento de los jóvenes para seguir a Jesús desde los consejos Evangélicos. Es sin duda, una entrañable idea para subrayar la necesidad de vocaciones al sacerdocio y meditar como esas vocaciones siempre nacen desde una estructura amorosa que se comienza a practicar desde muy jóvenes  y la vez se nos indica las causas que amenazan esas vocaciones hoy. Así lo expresa D. Carlo en el siguiente fragmento del Día del Seminario, publicado en la Revista Comunidad.

J. L. Ullán, S. J

I

La cultura dominante en Europa presenta a las nuevas generaciones modelos de vida configurados en la mayor medida por el olvido de Dios, la prevalencia de los intereses del individuo y la satisfacción del placer corporal. Los medios de comunicación invaden a diario con estos mensaje todos los espacios de la vida social. La familia se encuentra con serias dificultades para realizar su misión de educar de acuerdo con convicciones religiosas y morales diferentes de la cultura dominante. De esta manera se llena de confusión los corazones de los jóvenes y se debilita enormemente su capacidad de visión religiosa del hombre, de donación de la propia vida y de seguimiento de la vocación cristiana; más todavía se dificulta la acogida de una posible llamada de Jesús a seguirle en cualquier estado de la vida eclesial que lleve consigo la obediencia, la pobreza y la castidad. Esta cultura pone trabas al esfuerzo de la Iglesia por liberar las energías latentes en esos corazones y hacerlos capaces de escuchar la llamada del Señor y seguirla con alegría y sin reservas.

Mons. Carlos López, Obispo de Salamanca


 

La Eucaristía, como centro de la Iglesia, donde nos alimentamos con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, es el sumo sacramento del amor del Señor muerto y resucitado. Ese amor hasta dar la vida por el hombre, se representa en el Corazón de Cristo, traspasado y roto. Nuestro Obispo D. Carlos López, lo subraya en su profunda reflexión publicada en la Revista Diocesana Comunidad, de donde sacamos un fragmento, que sin duda nos enriquecerá para valorar más cada día nuestra celebración eucarística con el fin de ser testigos creíbles del Evangelio en nuestro mundo.

J. L. Ullán, S. J

I

Cuerpo de Cristo

La Santísima Eucaristía es el don que Jesucristo hace de sí mismo, revelándonos el amor infinito de Dios por cada hombre y el amor más grande, que a él mismo le ha impulsado a dar la vida por los amigos (cf. Jn 15,13); un amor hasta el extremo (Jn 13,1). Jesús nos enseña en la Eucaristía la verdad del amor, que es la esencia misma de Dios. Por ello, en la Eucaristía se alimenta de modo particular la fe de la Iglesia; en ella, la Iglesia renace de nuevo. El pan que partimos y el cáliz que bendecimos nos hacen entrar en comunión con el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Todos los que comemos del único pan y bebemos del mismo cáliz formamos un solo cuerpo (1Co 10, 16-17). Y cuanto más viva es la fe eurcarística de los fieles, más profunda es su participación en la vida y misión de la Iglesia, a través de la adhesión consciente a la misión que Cristo ha confiado a sus discípulos.

Jesús es el verdadero cordero pascual que se ha ofrecido espontáneamente a sí mismo en sacrificio por nosotros, realizando así la nueva y eterna alianza. Al instituir el sacramento de la Eucaristía, Jesús anticipa el Sacrificio de la cruz y la victoria de la resurrección. Situando en este contexto su don, Jesús manifiesta el sentido salvador de su muerte y resurrección, misterio que se convierte en el factor renovador de la historia y del cosmos.

Mons. Carlos López, Obispo de Salamanca

En la Revista de la Diócesis de Salamanca "Comunidad", la pasada Semana Santa 2010, Monseñor Carlos López, Obispo de Salamanca, hacía una profunda reflexión, sobre cómo la cruz de Jesús es la domostración de su amor. El Apostolado de la Oración, tiene su centro y fundamento en el amor de Cristo representado en su Corazón. Por eso creo que hacer una oración serena, teniendo como base las palabras del Sr. Obispo en uno de los párrafos de su escrito y los textos bíblicos que él mismo cita, puede ser de gran utilidad para enfocar con responsabilidad una meditación que nos llene de fuerza en nuestra vida apóstolica.

J. L. Ullán

I

La cruz de Jesús es la demostración de su amor obediente al Padre, según su propia afirmación: "El mundo ha de saber que amo al Padre, según su propia afirmación: "El mundo ha de saber que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado" (Jn 14,31). E igualmente de su amor a los hombres "hasta el extremo" (Jn 13,1), porque "nadie tiene amor mayor que el que da la vida por sus amigos" (Jn 15,13), Pero la cruz de Jesús es tambien la demostración del amor de Dios al mundo (cf Jn 3,16), porque "él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados" (1 Jn 4, 10). Y "en Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo" (2 Cor 5, 19). Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifestó su designio de amor a nosotros: "La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros" (Rom 5,8). En efecto, "Dios, que es rico en misericordia y nos tiene un inmenso amor, aunque estábamos muertos por nuestros pecados, nos volvió a dar la vida junto con Cristo - ¡por pura gracia estáis salvados!-, nos resucitó y nos sentó junto con él en el cielo" (Ef 2, 4-6).

Mons. Carlos López, Obispo de Salamanca


Una vez más, reproducimos el texto de nuestro Sr. Obispo, D. Carlos, publicado en la Revista diocesana COMUNIDAD del pasado octubre de 2011. Como no podía ser de otra manera las reflexiones y palabras de nuestro Pastor en Salamanca, al comienzo del nuevo curso escolar, no podían centrarse en otro tema que no fuera el gran don de Dios que supuso para todos la Jornada Mundial de la Juventud celebrada el pasado mes de agosto.

Sorpresa positiva, admiración agradecida, inyección de fe, fue el regalo que los jóvenes de todo el mundo manifestaron por las calles de Madrid sorteando obstacúlos de todo tipo para subrayar con convencimiento joven e ilusionante que estamos "arraigados y edificados en Cristo. Firmes en la fe".

Con su alegría desbordante de vidas estrenándose, los jóvenes nos dieron ejemplo a todos, tanto a creyentes como a indiferentes, que nuestra Iglesia Católica, todavía tiene mucho que decir al mundo desde el optimismo, el servicio, la entrega, la oración y la fe. No estamos en una Iglesia adormecida, ni triste, ni trasnochada. Estamos en la Iglesia de Cristo viva ayer, hoy y mañana y fundamentada en el Evangelio y en la roca de los Apóstoles.

Por estas y otras muchas cosas más, debemos agradecer a Dios, al Santo Padre Benedicto XVI, a nuestros obispos, sacerdotes, laicos, voluntarios y colaboradores, ciudadanos de buena voluntad e instituciones eclesiásticas y civiles, por esta experiencia que ha quedado imborrable en nuestro corazón a la vez que nos emociona experimentar con esperanza como el Papa consagró al Corazón de Cristo a todos los jóvenes del mundo.

Es importante leer en clave de oración la reflexión que nuestro Obispo D. Carlos nos ofrece a continuación.

J. L. Ullán, S. J.

Es obligado iniciar mis cartas de, este año pastoral en "Comunidad" con una especial referencia a la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid ya su preparación en Salamanca, con la fraternal acogida de jóvenes católicos de otros países.

Al evocar lo vivido y celebrado desde, el 11 hasta el 21 de agosto en Salamanca y en Madrid, surge espontánea e incontenible la acción de gracias a Dios, que nos ha hecho sentir la presencia alentadora de su Espíritu y ha concedido a todos los miembros de la Iglesia, jóvenes y mayores, la gracia de sentirnos gozosamente "Arraigados y edificados en Cristo. Firmes en la fe”.

Dios ha actuado y nos ha hecho sentir su presencia a través de la Iglesia, que está viva, es joven y ha dado pruebas de que dispuesta a seguir siendo testigo del Evangelio de Jesucristo. El gozoso testimonio de fe de los jóvenes y las luminosas exhortaciones del Papa han expresado la sintonía y la comunión de fe, de vida y de testimonio que el Espíritu de Jesucristo no cesa de suscitar en su Iglesia. Por ello estamos alegres y no cesamos de dar gracias.

Gracias en muy grande medida a la , colaboración de los Medios de Comunicación, sobre todo a la perfecta retransmisión de todos los actos de Madrid por Televisión Española y otras cadenas, el fenómeno eclesial y social de las Jornadas de la Juventud ha llegado de forma auténtica a la sociedad española y al mundo entero. Agradecemos en particular la información dada por los periódicos y las emisoras de radio de Salamanca y de la provincia, así como la retransmisión de la Eucaristía en Alba de Tormes por la Televisión de Castilla y León en Salamanca.

El fruto de este conocimiento ha sido la superación de prejuicios y de polémicas previas, la sorpresa y admiración por el comportamiento de los jóvenes católicos, el respeto e incluso la nueva valoración de la aportación de la Iglesia a las nuevas generaciones, y, para los fieles de la propia Iglesia, un sentimiento general de alivio frente al desaliento que con frecuencia nos produce el vivir la fe en una cultura de la increencia y la consiguiente dificultad en la transmisión de la fe a los jóvenes. La experiencia de lo vivido y celebrado personalmente en directo y de lo recibido a través de los Medios de Comunicación ha creado en la comunidad eclesial un clima general de alegría y de confianza en la posibilidad de una renovada evangelización de los jóvenes.

La Jornada Mundial de la Juventud nos ha ayudado a ver que hay una juventud sana, que tiene o anhela adquirir valores y convicciones firmes, que es capaz de soportar con alegría las incomodidades derivadas del dormir en el suelo, de las dificultades para la acostumbrada higiene y alimentación, del calor extremo, de las caminatas y de la lentitud del acceso a los lugares de los actos, inevitables por la multitud congregada. Una juventud que asume el sacrificio de los madrugones y las largas esperas para testimoniar al Papa su fe y acoger con cariño su enseñanza. Una juventud que no se arredra ante las tormentas,  las lluvias y los vientos. Y, sobre todo, una juventud que se recoge en oración, que confiesa sus pecados, que es capaz de reconocer la presencia del Señor en el sacramento de la Eucaristía y adorarle largo rato en el más absoluto y elocuente silencio. Este fue para mí el momento de más intensidad religiosa y más significativo de la nueva apertura de los jóvenes al mensaje del Evangelio. Esta juventud es motivo de esperanza para la Iglesia para la sociedad; es motivo de alegría y llamada a una total dedicación a acompañarla en su camino de acercamiento a Jesucristo Y de maduración en la fe, y en su compromiso apostólico en la Iglesia y en la sociedad.

Por la obra realizada en estos jóvenes no cesamos de dar gracias a Dios y a las personas que han sido mediaciones necesarias para ella: los sacerdotes y catequistas, los jóvenes mensajeros, los voluntarios, las parroquias, comunidades religiosas y familias de acogida, las personas que han cuidado de la alimentación de los peregrinos en los días de estancia en las parroquias y arciprestazgos o han aportado los medios materiales para ella; y no podemos dejar de agradecer la colaboración de las comunidades religiosas que han orado por los frutos de la Jornada.

Los frutos de la Jornada de la Juventud son la recompensa de un largo e intenso trabajo llevado a cabo por muchas personas, jóvenes y menos jóvenes, integradas en las diversas Comisiones preparatorias en los ámbitos diocesano, arciprestal y parroquial, bajo la coordinación de la Vicaría pastoral. El Obispo y toda la comunidad diocesana agradecemos vuestro trabajo y pedimos al Señor que os lo premie.

También ha sido decisiva la generosa colaboración prestada por las administraciones y servicios públicos y por instituciones sociales. Merecen especial agradecimiento el Ayuntamiento de Salamanca y de Alba de Tormes, la Diputación Provincial, la Subdelegación del Gobierno, la Subdelegación de Defensa, la Universidad de Salamanca, el Cabildo de la Catedral, el Convento de San Esteban, la Guardia Civil de Tráfico, el Cuerpo Nacional de Policía, la Policía Local de Salamanca y Alba de Tormes, la Cruz Roja, y los servicios de Protección Civil y todos los servicios prestados por los Ayuntamientos de los municipios que acogieron a los Jóvenes. Que Dios se lo pague a todos.

Hemos recibido cartas de gratitud de los Obispos que vinieron a Salamanca con los jóvenes de sus respectivas Diócesis. En ellas se percibe que no son de mero cumplimiento, sino expresión sincera de su alta valoración de la cordialidad y generosidad de nuestra acogida, de nuestra organización de los actos y del fruto espiritual que con todo ello hicimos posible a los jóvenes. Es grato comprobar que la generosa colaboración de todos los implicados en la organización de los Días en la Diócesis de Salamanca ha sido agradecida por los visitantes, ha sido reconocida como fuente de bienes espirituales para ellos y se ha convertido, por ello, en motivo de acción de gracias a Dios. Así pues, el objetivo de nuestros afanes ha sido logrado, gracias a la colaboración de todos en esta obra de comunión diocesana.

Mons. Carlos López, Obispo de Salamanca